
Gaspar Yanga, un nativo de
Gabón (África Occidental), fue traído a Veracruz, México,
como uno más de los 200,000 africanos esclavizados y embarcados hacia
las costas Golfo y Pacífico del país, para trabajar en los campos
de caña de azúcar y en las minas controladas por la Corona española
durante mediados del siglo XVI y finales del siglo XVII.
Como en otros casos de esclavitud a través del nuevo mundo, tan pronto
desembarcaaron las primeras naves en 1537, comenzaron los primeros levantamientos.
Por todo México, tanto africanos como indígenas escapaban de las
minas y haciendas para crear sociedades “cimarronas” en las montañas.
Tras una de las rebeliones más brutales en México, fue hacia las
montañas de Veracruz donde Gaspar Yanga dirigió a otras 500 personas
auto-liberadas. Por más de treinta años, esta comunidad vivió
de mercancía obtenida por medio de asaltos a las caravanas en tránsito
hacia la ciudad de México. Conforme creció la comunidad y los
saqueos se hicieron más frecuentes, Yanga se convirtió en un hombre
crecientemente buscado. La búsqueda llegó a ser tan feroz, que
más de 500 hombres armados fueron enviados para destruir su colonia.
Yanga y los cientos de hombres viviendo en las tierras altas de Veracruz lucharon
contra las tropas enviadas para capturarlos por orden de la Corona española.
Con esperanzas de causar suficiente destrucción para obligar a los españoles
a negociaciones que podrían ayudar a proteger a su gente, Yanga envió
un mensaje a través de un prisionero capturado por sus hombres. Este
mensaje pedía que se otorgara una patria libre sobre tierra fértil
para que su comunidad de africanos auto-emancipados y afrodescendientes se estableciera.
Al final de una batalla donde hubo muchas bajas para ambas partes, Yanga y aquellos
bajo su protección arreglaron un cambio a las tierras bajas de Veracruz.
A todos los afro-descendientes y sus hijos que se habían liberado a sí
mismos antes de 1608 se les garantizó libertad legal para establecerse
en este pueblo: San Lorenzo de los Negros. A cambio, Yanga asumió la
posición de alcalde y accedió a pagar impuestos a la Corona así
como a rechazar a cualquier persona esclavizada que buscara refugio dentro del
pueblo. Así, Yanga y su gente se convirtieron en los fundadores del primer
pueblo libre para africanos del hemisferio occidental, posteriormente renombrado
Yanga, por su antepasado.
Basado en investigación histórica existente y en investigación
de campo personal, el siguiente texto de “El Negro Más Chulo: Africano
por herencia, Mexicano por nacimiento” relata esta historia a través
de cartas-ficción, escritas en voz de Gaspar Yanga y dirigidas a una
mujer afro-americana que vive en la Norteamérica contemporánea.
Las imágenes que acompañan las cartas fueron fotografiadas en
el pueblo de Yanga, así como en lugares de Guerrero y Oaxaca en la costa
Pacífico de México.
© MARCO VILLALOBOS 2004
Quinta Carta de Yanga, expresando su visión y tranquilidad antes de la batalla.
La tranquilidad de esta noche no es alterada por el murmullo del bosque, como si la ladera nos hubiera silenciado hacia un descanso más profundo.
Sueño que una gran cadena ha sido rota. Huelo el polvo de hierro descompuesto
y pruebo edades de óxido que ceden a una resolución más
allá de lo que puede ser forjado de metal. Huelo el aliento mojado de
la tierra de donde se elevan tallos de caña que se sacuden unos contra
otros susurrando en el viento. Me deslizo de nuevo entre los tallos y mi camino
es tan determinado como estrecho.
La luna silenciosa, las nubes flotando silenciosas, todas las estrellas mirando
silenciosas a los tallos de caña susurrar entre si conforme yo paso rozando.
El sonido suave de su chismorreo poco a poco cede al balbuceo del río
sobre sus rocas y en un instante la plantación de caña se abre
y está detrás de mi conforme mis piernas caminan hacia al frío
del agua fresca. Mis rodillas y pronto mis caderas están mojadas y ahora
mi pecho, conforme sumerjo mi cabeza y dejo que la corriente pase sobre de mi
por un momento hasta que el agua fresca es mi madre, y he cruzado el río,
renacido ahora en el otro lado, donde me deslizo hacia afuera entre las primeras
raíces del bosque, para escalar sobre esta primera montaña y bajar
por su lado opuesto para escalar luego la siguiente montaña y la siguiente.
El bosque chasquea y gorjea hasta que alcanzo mi mañana. El sol se eleva
con el destello de mil machetes todos afilados y ardiendo, amenazantes como
mi propio machete asido hacia el cielo por mis pulidos brazos, estirados desde
el pico de la noche hasta el mediodía, este brazo intencionado y firme
que rompe la gran cadena y con su machete de hierro azota contra la esclavitud
que amenaza con convertir mi propio cuerpo a huesos.
Con este machete ahora me lanzo hacia la mañana y corriendo escucho el
jadeo de aquellos aún sofocándose; escucho rezos que van sin respuesta
bajo la tensión de látigos que chasquean. Los caballos retroceden
en sus patas traseras y sus ojos relampaguean salvajes notando cómo nuestros
hombros comparten las mismas marcas que estampan sus flancos. Observan sus propios
bufidos estrangulados por los catastróficos pedazos que pulverizan sus
dientes y alzándose en conmoción dan coces con sus patas delanteras
para equilibrarse.
Y luego el viento cambia y el tiempo se doblega. Los gritos de los esclavistas
se elevan sobre la marejada de olas contra los costados de un barco. Una corriente
de agua me satura donde yazgo en la oscuridad. El crujir de madera suena alrededor
de mi como árboles enormes quebrándose en una tormenta. Estos
árboles mutilados en gran modo, doblados y torcidos lanzan gritos de
alarma a los hombres sordos sobre cubierta que pretenden dirigirse hacia un
destino de su elección por este barco que simplemente se navega a sí
mismo hacia el límite del tiempo. Y ahora hay otro barco detrás
del puerto esperando llevarnos a casa, un barco que nos liberaría sobre
el mar y a través de las noches que nos depositaron aquí. Sabemos
que es ahí porque sus velas ondulan con el aliento de nuestro sueño;
vemos ahora cómo espera listo justo sobre el horizonte, este nuevo barco
que permanece vacío, esperando por nuestros cuerpos para guiarlo a casa.
Pero nos quedaremos aquí. No iremos atrás para que alguien pueda
rastrear o regresar sólo para repetir las mismas atrocidades que nos
trajeron aquí. Nosotros sólo corremos a la próxima montaña
donde permaneceremos, en esta misma tierra, en estos mismos cuerpos habitados
por nuestros espíritus que nadie nunca tuvo éxito en suprimir
de ningún lado.
Dejamos al barco hundir y lo vemos irse al fondo, vacío a excepción
de los llantos que suenan -no son llantos de personas, son los llantos que suenan
de la madera, los mismos árboles que se disimulan en forma de barco,
son esos árboles los que gritan en llanto. Dicen: Quédate donde
has hecho tierra, tira tu tristeza y permanece, pues las malintencionadas manos
que una vez te encadenaron sentirán en cambio el peso de una cadena.
Deja que tu sangre hierva y déjala enfriar; deja que tu corazón
se queme y dejalo que se calme; es tu mente la que echará raíz
en esta agitación; es tu alma la que alimentará esta tierra, no
la sangre y el sudor que se han mezclado con la tierra aquí para formar
tu nuevo comienzo, no, lo que será de mayor legado es el espíritu
que se eleva de ti. Deja que este barco se hunda pero deja que tus oídos
oigan su llamado siempre, recordándote que has llegado aquí no
por casualidad, sino por un designio y propósito más allá
de la comprensión de los hombres.
Conforme me levanto, sé que hay algunos entre nosotros que ignoran tales
sueños, los llaman ilusión y los dejan desplomarse sin ser revisados.
Pero también sé que no hay promesa de libertad, que la libertad
no trae garantías: es algo que se agarra con una mano ensangrentada y
se guarda con una mano cicatrizada. No hay más libertad que la libertad
que se busca y es atendida como a un niño en el yermo. No hay tiempo
para languidecer; sólo hay tiempo para continuar esta vigilia.
Me siento sobre la loma mirando las huellas debajo y respiro sabiendo quién
se acerca y cuándo. Me relajo sólo cuando protejo este frágil
momento de paz.
Tuyo en Aliento,
Gaspar Nyanga
Palenque San Lorenzo De Los Negros
Veracruz, México
Declaracion
Cada historia debería acercarnos más a la verdad, más cerca de escuchar y sentir historias que permanecen no dichas. Por lo tanto, El Negro Más Chulo lucha por decir historias no dichas. Nos exaltamos en África y celebramos nuestro desfile a través del Estrecho de Bering. Honramos nuestros viajes oceánicos, tanto voluntarios como forzados. Más adelante, proponemos que en la Diáspora resultante de la humanidad, también brota vida desde las Américas. Ahora, existe una marcha complementaria desde las Américas de regreso a África. Hace un billón de años o en este mismo instante la conexión de Este a Oeste es dictada sólo por las capacidades individuales para aceptar complexiones, acentos y ritmos más allá de que los que se nos han dicho son los nuestros. Nos fracturamos de la identidad regional y luchamos por el reconocimiento de historias comunes no dichas.
Llegamos a algún lugar de un nuevo mundo. Aquí, como en ningún
otro lugar, elementos de los mundos europeo, africano, mesoamericano y asiático
chocan, entran en conflicto y coexisten a través de los siglos. Hoy día,
México es un ejemplo de un país latinoamericano que está
nacionalizando influencias culturales integrales internacionales sin reconocer
ni exaltar de manera equitativa a cada uno de esos contribuyentes. Sin el reconocimiento
y apreciación de África, por ejemplo, en la composición
biológica y cultural de México, las nociones de etnicidad y nación
nos dejan fríos. Aún así, nos impresiona la complejidad
de una cultura como ninguna otra: a pesar del holocausto, el ritmo avanza de
Angola a Veracruz. A pesar de la tortura y el asesinato, la gracia y la benevolencia
sobreviven del Golfo de Guinea al Golfo de México. Asia llega del Oeste,
África y Europa del Este. Y mientras tanto, Mesoamérica se fortalece
por cuatrocientos años de confusión subsecuente. Sin embargo,
la determinación de los hombres de ser soberanos moldea la manera cómo
las culturas se entrelazan y sujetan entre sí hasta el punto en que distinguir
una de la otra se vuelve tedioso. Los ritmos de tambor se transfieren a los
ritmos de la guitarra, acentuados por patrones en la danza. Ojos de Nigeria
vienen a descansar sobre pómulos andaluces bajo una corona de cabello
totonaca sobre una complexión libanesa. Cuatro siglos después,
¿qué opción nos queda más que amarlo todo como un
solo cuerpo? De manera similar, rastrear rasgos culturales hasta sus orígenes
permanece posible pero cada contribución individual es dominada por la
manifestación de todos los rasgos dentro de una familia, un pueblo, una
canción. Por medio de proyectos como El Negro Más Chulo reconocemos
a los participantes de manera equitativa y con el igual respeto que es debido.
En un día como hoy, amplificamos sentimientos de orgullo en la humanidad
como un fenómeno único con diversos tributarios. No hay una fuente
única de humanidad, pero en la cultura, hay una infinita posibilidad
creativa.
© MARCO VILLALOBOS 2003
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